19 años trabajando en EE.UU… pero dejé todo después de esa llamada…

Se iba temprano, regresaba tarde. Yo le preparaba su comida, la dejaba servida, pero él comía sin mirarme. Una noche me armé de valor, me senté frente a él y le dije, “Hijo, si quieres que me vaya, me voy. quiero incomodar. Solo vine porque pensé que aún tenía algo que darles. Él me miró y por primera vez en mucho tiempo me habló con el corazón en la mano. No quiero que te vayas, ma. Solo no sé cómo estar contigo.

Me acostumbré a que no estabas. Eso me dolió. Pero también fue necesario escucharlo. Yo también me acostumbré a vivir sin ustedes”, le dije. Y eso es lo más triste que me ha pasado. Nos quedamos callados. Luego me tomó la mano, me apretó fuerte y sentí que algo se abría, que algo se empezaba a sanar. No fue de un día para otro ni fue fácil, pero con el tiempo poco a poco empecé a sentirme parte de nuevo. Ahora juego con mi nieto, me dice Abu y me busca para que le cuente cuentos.

Carmen me pide consejos. Luis se sienta a platicar de vez en cuando, no de todo, pero de algo. Y eso ya es mucho. Volver no fue lo que soñé, fue mucho más difícil, pero también fue más real, porque la vida no es como las películas, es como es, llena de silencios, de enojos guardados, de tiempos que ya no regresan, pero también de oportunidades para empezar de nuevo. y uno tiene el valor y yo aunque con miedo, aunque con dudas volví.

Han pasado varios meses desde que regresé y aunque parezca mentira, apenas empiezo a sentir que tengo los pies en el suelo, porque al principio me sentía como flotando, como si viviera en una película donde nada me terminaba de parecer real. Estaba aquí, sí, pero también seguía allá con la cabeza llena de costumbres, de horarios de otra vida. Una de las cosas que más me costó fue entender que mis hijos ya no me necesitaban como antes, no porque no me quieran, sino porque ya aprendieron a hacer su vida sin mí.

Y eso duele más de lo que uno cree, porque uno se imagina que al volver te van a abrazar todos los días, que van a querer hablar contigo de todo, que te van a pedir consejos, que te van a preguntar cosas, pero no. Luis, por ejemplo, tiene su rutina. Se levanta, se baña, se va a trabajar, regresa cansado, se sienta a ver la tele, cena, se duerme, a veces ni siquiera me saluda al entrar, no porque me odie, simplemente ya se acostumbró a vivir así, a vivir sin una mamá que lo reciba, que le pregunte cosas.

Y yo yo tengo que aceptar eso porque él no eligió crecer sin mí. Con Carmen es un poco distinto. Ella sí se acerca más. Me cuenta de su hijo, me pide ayuda con la comida, me pregunta cómo hacía yo ciertas cosas. A veces se sienta conmigo a platicar mientras lavamos los trastes. Esos momentos los valoro más que nada. Son simples, pero me hacen sentir que sigo siendo su mamá, aunque sea diferente. Y mi nieto, ay, él sí me ha dado un motivo para quedarme.

me dice, “Abu, como te conté, me abraza fuerte cuando llego del mercado, me pide que le lea el mismo cuento 10 veces, se duerme encima de mí como si me conociera de toda la vida y eso me da un poco de paz porque tal vez no pude criar a mis hijos, pero todavía tengo la oportunidad de estar para él. Pero no te voy a mentir, no todo ha sido bonito. Me ha costado mucho encontrar mi lugar en la casa, en la familia, en la vida.

A veces siento que estorbo, que mis opiniones ya no importan, que cuando hablo nadie escucha, que lo que yo viví allá en el norte no tiene valor aquí, que soy solo la señora que volvió. Y eso me ha pegado fuerte porque allá, aunque me sintiera sola, al menos tenía una rutina, un trabajo, un sentido. Aquí me siento desubicada, no tengo trabajo, no tengo mis cosas, dependo de ellos para moverme, para salir, hasta para tener un celular decente.

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