19 años trabajando en EE.UU… pero dejé todo después de esa llamada…

Y aunque mis hijos nunca me lo han echado en cara, yo lo siento. Siento esa incomodidad, ese y ahora, ¿qué? Intenté buscar trabajo, algo sencillo, limpiar casas, cuidar niños, pero ya no tengo la misma energía. El cuerpo me duele más, el sol me cansa más rápido y además muchas casas ya tienen a alguien y cuando preguntan mi edad me dicen que me avisan, pero no llaman. Entonces paso los días en casa, cocino, barro, lavo la ropa, juego con mi nieto, pero en las noches, cuando todos duermen, me pongo a pensar, me siento en la cama, en silencio y me pregunto si hice bien.

¿Valió la pena dejar todo para regresar? ¿Todavía tengo tiempo para recuperar algo? ¿Puedo volver a sentirme útil? ¿Será que ya solo me toca esperar? Porque eso es lo que más miedo me da, convertirme en una persona que solo está, pero que ya no es parte de nada. Una vez le dije eso a Carmen, que sentía que ya no tenía un papel en esta vida. Y ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo, “Ma, tú no te imaginas lo que significa para mí que estés aquí.

Escuchar tu voz en la cocina, verte doblar la ropa, oírte reírte con mi hijo me hace sentir que tengo mamá otra vez y eso me dio fuerzas, no para borrar todo lo que duele, pero sí para seguir, porque a veces lo único que necesitamos para no rendirnos es que alguien nos diga que todavía somos importantes. Con Luis ha sido más lento, más callado, pero ya no es como al principio. A veces me deja una taza de café en la mesa sin decir nada.

A veces me pregunta cómo me fue en el mercado. A veces se sienta conmigo a ver las noticias. No hablamos mucho, pero ya no hay esa distancia fría. Ya no siento que me odia, solo siento que está aprendiendo a verme otra vez como su mamá. Y yo también estoy aprendiendo a verlos como son, no como los niños que dejé, sino como los adultos que la vida me devolvió. He tenido que soltar la culpa poco a poco. No se va fácil, pero trato.

Me repito a mí misma, que hice lo mejor que pude, que si me fui fue por necesidad. No por gusto que si trabajé tanto fue para que ellos tuvieran algo mejor, no para abandonarlos. Y sé que ellos también lo saben, aunque no siempre lo digan. Ahora, cuando me despierto, ya no me siento tan perdida. Tengo una razón para levantarme. Tengo cosas que hacer, tengo gente que me espera y aunque no es perfecto, es real, es vida. No sé cuánto tiempo me quede, no sé qué va a pasar mañana, pero por primera vez en muchos años

estoy aquí, estoy presente, estoy viendo a mis hijos a los ojos, estoy sintiendo los abrazos, estoy escuchando las risas, estoy viva. Y eso después de tanto tiempo ya es mucho. Hoy tengo 52 años. Vivo en Cuautla otra vez, pero no en la misma casa donde crecí. Esa casa ya no existe. La vendieron después de que mi mamá murió. Ahora vivo con mi hija en una casa sencilla de dos cuartos. Comparto una habitación con mi nieto. A veces me despierta en la madrugada porque quiere agua o porque tiene miedo.

Y en vez de enojarme, sonrío porque por tantos años nadie me despertaba, dormía sola y ahora no. No tengo grandes cosas. No tengo una casa mía, ni coche, ni cuentas gordas en el banco. No me quedó mucho de todo lo que trabajé en Estados Unidos. Lo mandé todo, lo repartí, lo gasté en los demás y no me quejo porque lo hice con amor, pero sí aprendí algo, que el tiempo que das a los tuyos vale más que el dinero que les mandas.

 

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