19 años trabajando en EE.UU… pero dejé todo después de esa llamada…

Era un martes, no se me olvida, martes a las 10:17 de la mañana. Yo estaba limpiando los vidrios del comedor cuando sentí que el teléfono vibraba en mi pantalón. Lo saqué rápido porque esa hora no era normal que alguien me llamara. Casi siempre mis hijos me mandaban mensaje por la tarde, después del trabajo o cuando tenían ratito libre, pero esa vez no. Esa vez era una llamada. Vi el nombre en la pantalla, Luis. Mi corazón se aceleró.

Me acuerdo clarito que se me resbaló el trapo de las manos y cayó al piso. Contesté sin pensar, con las manos todavía mojadas. Bueno, hijo, ¿todo bien? Del otro lado se escuchaba ruido como si estuviera en la calle, pero no me contestaba, solo respiraba. Luis, ¿qué pasa, mi amor? ¿Estás bien? Entonces me dijo con la voz quebrada, “Ma, la abuela se nos fue. Ahí se me fue el aire, como si me hubieran metido la cabeza bajo el agua.

No escuché más, solo un zumbido en los oídos. El cuerpo se me congeló. El teléfono casi se me cae de las manos. Me senté en el piso ahí mismo, sin importarme que estaba sucio, sin importarme nada. que fue lo único que pude decir. Se puso mal anoche, no despertó. El doctor dijo que fue el corazón. No sufrió, ma, no sufrió. Y ahí me rompí. Mi mamá, la mujer que había criado a mis hijos, la que me cubrió las espaldas por casi 20 años, la que me mandaba bendiciones en cada llamada, la que me decía que

me cuidara del frío, la que siempre me decía, “Ya vente, hija, ya cumpliste.” Esa mujer ya no estaba y yo no estuve ahí. No estuve cuando se sintió mal. No estuve cuando la llevaron al hospital. No estuve cuando dio su último respiro. No estuve. Y eso, eso no se me va a olvidar nunca. Luis me decía que estaban todos bien, que no me preocupara, que ya la estaban velando en casa, que Carmen estaba con su bebé, que él estaba con ellos.

Pero yo solo pensaba una cosa, ¿por qué no estuve? Colgué la llamada y me quedé ahí en el piso como una piedra. No lloré en ese momento. No podía. Me sentía vacía, como si me hubieran sacado el alma. Después de una hora me levanté, fui con la señora de la casa, le dije que necesitaba salir, que había una emergencia familiar. Me miró con cara de duda, como si no entendiera. No dijo nada más que, “Okay, tómate el día.” Y salí.

Me fui a caminar sin rumbo, solo caminé. Las calles de San José me parecían más frías que nunca. La gente pasaba a mi lado con sus cafés, sus audífonos, sus perros como si nada. Y yo cargando la muerte de mi madre sola en el pecho. Esa noche no dormí. Me senté en la cama con la luz apagada y lloré. Lloré con el cuerpo, con la garganta, con los dientes apretados. No era solo por mi mamá, era por todo, por los años, por los abrazos que no le di, por las veces que me decía que ya me quería ver, por la última Navidad que me dijo, “El año que viene ojalá estés aquí.” Y no estuve.

Y lo peor era que no podía ir. Si salía, ya no podía regresar. Y aunque me moría por estar allá, me daba pánico dejar todo lo que tenía acá, mi trabajo, mi renta, mis años, todo eso que me costó tanto. Pero, ¿qué valía más? Al día siguiente hablé con Carmen. Estaba más entera que yo. Me dijo que la abuela se veía en paz, que mucha gente fue a despedirse, que todos preguntaban por mí. Y entonces me soltó lo que me partió el alma.

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