19 años trabajando en EE.UU… pero dejé todo después de esa llamada…

Mamá, tú ya no puedes seguir viviendo allá sola. Te estás perdiendo de todo. Yo no dije nada porque sabía que tenía razón. Ella siguió. Mi hijo va a crecer sin conocerte. No quiero eso. No quiero que seas una voz en el celular como fuiste con nosotros. No, otra vez, ma, por favor. Y me quedé muda porque esa frase me atravesó como cuchillo. ¿Cómo fuiste con nosotros? Lo había dicho sin malicia, sin coraje, pero era verdad. Yo fui una voz, fui dinero, fui recuerdos, no fui mamá de carne y hueso, no fui presencia, no fui abrazo.

Y ahí por primera vez, en casi 20 años empecé a pensar en dejar todo. Pasé días pensando, semanas. Cada noche me preguntaba si todavía tenía algo allá, si mis hijos me iban a aceptar, si mi nieto iba a llamarme abuela, si iba a ser muy tarde, si me iba a arrepentir. Pero también me preguntaba si tenía sentido seguir acá trabajando para otros en un país donde siempre fui invisible. La muerte de mi mamá fue el golpe que me abrió los ojos y también el que me hizo ver que ya no podía esperar más.

Ahí empezó la decisión más difícil de mi vida. Después de la llamada donde me dijeron que mi mamá había muerto, algo se quebró dentro de mí. Pero no fue de golpe, fue como una grieta que se fue abriendo poco a poco. Empezó esa misma noche y cada día se fue haciendo más grande, como si el aire ya no me alcanzara, como si todo lo que antes me daba fuerza ya no tuviera sentido. Durante los días que siguieron iba al trabajo como si fuera un fantasma.

Hacía todo en automático, limpiaba, cocinaba, barría. Pero no estaba ahí. Mi mente estaba lejos en Guautla, en la casa donde crecí, en la recámara de mi mamá, en la cocina donde ella me enseñó a hacer arroz, en el patio donde colgábamos la ropa juntas, en todo lo que ya no iba a volver. Y al mismo tiempo sentía un miedo que me apretaba el pecho, porque empezar a pensar en regresar no era cualquier cosa, era dejar todo lo que había construido.

Sí, era poco, pero era mío, mi cuarto, mis cosas, mi trabajo, mi rutina. Y aunque nunca me sentí completamente feliz allá, me daba miedo volver y no saber quién soy. No se lo conté a nadie ni a mis hijos. ni a mis compañeras. Solo lo pensaba en silencio. Me hacía preguntas que no sabía cómo contestar. Y si ya no me quieren allá. ¿Y si regreso y no encuentro trabajo? ¿Y si me enfermo y no tengo con qué pagar un médico?

¿Y si Carmen ya no me necesita? ¿Y si Luis me sigue guardando rencor? Pero por otro lado estaba lo otro. Y si me vuelvo a perder otro momento importante? ¿Y si mi nieto crece y no sabe quién soy? ¿Y si me muero aquí sola y nadie se entera? ¿Y si no me alcanza el tiempo para recuperar lo perdido? Una noche después de trabajar me senté frente a la mesa con mi cuaderno viejo, ese donde anotaba todo lo que mandaba de dinero, y empecé a escribir, no números, palabras.

Escribí todo lo que había hecho en esos 19 años. Cuánto mandé, cuántas veces lloré, cuántas veces quise volver, cuántas veces me aguanté. Escribí todo lo que había dejado, las Navidades sin ellos, las fiestas que me perdí, las enfermedades que me callé, los abrazos que me faltaron y al final escribí en grande. ¿Y ahora qué? Lo miré por un rato largo, luego cerré el cuaderno y me dije en voz bajita, “Ya basta, Josefina.” Esa misma semana hablé con Carmen.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.