19 años trabajando en EE.UU… pero dejé todo después de esa llamada…

Estuvimos así, en silencio por varios minutos. La gente pasaba, los carros pitaban, pero nosotras estábamos ahí pegadas, llorando como si el tiempo se pudiera borrar con un abrazo. “Bienvenida a casa, ma”, me dijo bajito. Y ahí me quebré otra vez. Luis no fue por mí. dijo que no podía, que tenía trabajo, pero yo supe que no era por eso, era porque no estaba listo. Y lo entendí, porque yo tampoco estaba lista para muchas cosas. El camino a Cuautla fue largo.

Me fui en silencio casi todo el trayecto. Carmen me hablaba, me contaba cosas, pero yo solo escuchaba. Me sentía rara, como si no fuera mi país, como si todo hubiera cambiado demasiado. Cuando llegamos a la casa fue otro golpe. La casa de mi mamá. Ahora ya no tenía su voz, ya no olía a ella, ya no se escuchaba su radio prendido en las mañanas. La recámara estaba vacía, sus cosas guardadas, sus fotos en una caja. Me senté en su cama, cerré los ojos, la imaginé ahí y pedí perdón.

No en voz alta, pero lo pensé tan fuerte que sentí como si me escuchara. Después llegaron mis nietos. Primero el mayor, hijo de Carmen, tenía 3 años, me miró con curiosidad, se escondió detrás de su mamá. Yo me agaché, le extendí la mano y le dije, “Hola, soy tu abuela. ” No me contestó, solo me miró. Luego se fue corriendo y me reí. Me reí nerviosa, pero feliz, porque al menos lo vi. Estaba ahí de carne y hueso.

Luis llegó en la noche, no tocó la puerta, solo entró. me saludó con un beso rápido en la mejilla. Me dijo, “Qué bueno que viniste, ma.” Y se fue al patio. Yo me quedé parada como tonta. No sabía si abrazarlo, si decirle algo. No supe cómo romper ese muro que había entre nosotros. Pasaron los días y la verdad no fue fácil. No fue como esas historias donde todo es perdón y felicidad. No fue incómodo, fue raro. Sentí que no tenía lugar, que estaba invadiendo algo que ya no era mío.

Mis hijos ya eran adultos, tenían sus costumbres, su ritmo, su forma de vivir. Yo no encajaba, no sabía dónde dejar mis cosas, no sabía a qué hora comer, no sabía si preguntar o quedarme callada. Dormía en la recámara que había sido de Carmen, en una cama que me quedaba chica. Me despertaba temprano como allá, pero acá nadie se levantaba hasta tarde. Me sentaba en el patio a tomar café sola, mirando el cielo. A veces me daban ganas de regresarme.

A veces me preguntaba si había hecho un error. Un día Carmen me dijo, “Ma, tienes que tener paciencia. No esperes que todo sea como antes. Tenemos que conocernos otra vez. Y tenía razón. Pasamos tanto tiempo separados que ya no sabíamos cómo tratarnos. Yo no sabía si podía regañar a su hijo, si podía opinar, si podía meterme en su cocina. Me sentía como una visita que se quedó más de la cuenta. Con Luis fue aún más duro. Él apenas me hablaba, solo lo necesario.

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