Hay un sufrimiento silencioso que muchas madres arrastran durante años. No deja cicatrices visibles y apenas llama la atención, pero es profundamente pesado. Es el dolor de darse cuenta de que todo lo que han dado —tiempo, fuerza, sacrificio y amor incondicional— parece pasar desapercibido para la persona a quien más le importaba: su hijo.
Esta distancia emocional rara vez tiene su origen en la crueldad o la ingratitud deliberada. Con mayor frecuencia, se desarrolla a partir de dinámicas psicológicas complejas y en gran medida inconscientes que moldean la forma en que un niño interpreta, valora y se relaciona con su madre. Comprender estos procesos no borra el dolor, pero puede aliviar la autoculpa y abrir espacio para la sanación.
1. Cuando la constancia se desvanece en un segundo plano
La mente humana está programada para percibir el cambio, no la permanencia. Lo que siempre está presente, es confiable e inmutable a menudo desaparece de la conciencia. Así como nos olvidamos del aire hasta que nos cuesta respirar, el amor constante de una madre puede pasar desapercibido precisamente porque nunca falla.
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