Los niños con frecuencia descargan su frustración, ira o caos interior en la persona en quien confían que nunca los abandonará. Dado que una madre representa la aceptación incondicional, se convierte en el lugar más seguro para liberar emociones que no pueden controlar en otro lugar.
Por eso, un niño puede mostrar amabilidad hacia el mundo exterior, pero dureza en casa. No es justo ni sano, pero comprender que este comportamiento refleja la lucha interna del niño, más que el valor de la madre, puede evitar que ese dolor se refleje en su interior.
4. Cuando una madre desaparece tras su rol
Algunas madres, impulsadas por el amor, se borran lentamente. Solo existen como cuidadoras, solucionadoras de problemas y proveedoras; nunca descansan, nunca necesitan, nunca preguntan. Su dolor permanece oculto; sus deseos se posponen; rara vez se establecen límites.
El mensaje tácito que reciben los niños es que su madre no tiene necesidades propias. Y cuando una madre no modela el respeto por sí misma, a los niños les cuesta aprenderlo. No se trata de culpar, sino de reconocer que mostrarse como una persona completa también es una lección poderosa.
5. La carga de una deuda emocional impagable
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