A las 35 semanas de embarazo, mi esposo me despertó en plena madrugada… y lo que me dijo terminó llevándome a pedir el divorcio.

Creí que lo peor ya había pasado cuando di a luz, pero después Miguel entró a mi habitación del hospital, con los ojos llenos de lágrimas, y me hizo una petición que jamás imaginé.

Me llamo Ana, tengo 33 años y, hasta hace muy poco, pensaba que estaba construyendo una vida bonita con el hombre que amaba.

Miguel y yo llevábamos casi nueve años juntos. Nos conocimos en la preparatoria.
Él era ese chavo alto y callado que se sentaba detrás de mí en la clase de química, siempre mascando chicle. Yo era la que siempre necesitaba ayuda con las ecuaciones.
De ahí vinieron el baile de graduación, las salidas nocturnas por unos tacos después de medianoche y las promesas susurradas dentro de un coche estacionado.

No nos casamos a lo loco.
Los dos trabajamos, ahorramos y compramos una casita de dos recámaras en una colonia tranquila, a las afueras de la ciudad.
Yo soy maestra de primaria. Miguel trabaja en sistemas.
Nunca fuimos de lujos ni de presumir, pero siempre pensé que éramos fuertes.
O al menos eso creía.

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