A las 35 semanas de embarazo, mi esposo me despertó en plena madrugada… y lo que me dijo terminó llevándome a pedir el divorcio.
Durante tres años intentamos tener un hijo.
Fue la etapa más dura de nuestro matrimonio.
Había días en los que me encerraba a llorar en el baño de la escuela. Veía a mis alumnos dibujar a su familia —“mamá, papá y el bebé”— y tenía que sonreír mientras algo se me rompía por dentro.
Pasamos por estudios de fertilidad, inyecciones hormonales, mañanas llenas de esperanza seguidas de noches en lágrimas.
Hasta que un día, cuando estuve a punto de no hacerme la prueba porque ya no soportaba otro negativo, apareció una segunda rayita, apenas visible.
La semana siguiente estábamos en el consultorio.
Cuando el doctor sonrió y dijo:
—Felicidades, estás embarazada—
yo rompí en llanto.
Miguel me abrazó fuerte y me susurró:
—Lo logramos, amor.
Ese momento se me quedó grabado.
Durante meses lo llevé conmigo como un calorcito constante en el pecho.
Pintamos el cuarto del bebé de verde claro.
Yo me sentaba en el piso a doblar ropita diminuta, imaginando cómo iba a cambiar nuestra vida.
Elegimos nombres, hablamos de cuentos antes de dormir, discutimos si le gustaría el fútbol o la natación.
Era el sueño que por fin se estaba haciendo realidad.
Pero conforme mi vientre crecía, Miguel empezó a cambiar.
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