Salía más seguido.
—Nomás una chela con los cuates —decía.
Pero regresaba tarde, oliendo a cerveza y cigarro.
La primera vez que lo noté fruncí la nariz y pregunté:
—¿Desde cuándo fumas?
Se rió, restándole importancia.
—Es el humo de los demás. Relájate, amor.
Quise pensar que era estrés. Ser papá da miedo.
Pero no era solo eso.
Se había vuelto distante. Frío.
Su mano ya no buscaba mi vientre cuando veíamos la tele.
Los besos de buenas noches eran rápidos, distraídos.
Una vez intenté hablar con él.
Estábamos cenando comida para llevar frente a la televisión y le pregunté:
—Miguel, ¿estás bien?
Ni siquiera levantó la vista.
—Sí. Es el trabajo.
A las 35 semanas, estaba agotada física y emocionalmente.
No solo por el embarazo, sino por cargar sola con todo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
