A las 35 semanas de embarazo, mi esposo me despertó en plena madrugada… y lo que me dijo terminó llevándome a pedir el divorcio.

Me dolía la espalda todo el tiempo.
Los pies se me hinchaban horrible y subir las escaleras era una misión imposible.
El doctor me dijo con suavidad:
—Prepárate, el parto puede empezar en cualquier momento.

Así que la maleta para el hospital ya estaba lista junto a la puerta. Todo revisado, todo en orden.

Esa noche estaba doblando, otra vez, la ropa de la bebé —ya la había doblado mil veces, solo para mantener las manos ocupadas— cuando mi celular vibró.

—Oye, amor —dijo Miguel, demasiado animado para la hora—. No te asustes, pero los cuates van a venir. Hay un partido importante. No quise ir al bar por el humo, mejor lo vemos aquí.

Miré el reloj. Eran casi las nueve de la noche.

—Miguel, sabes que ya necesito dormir temprano. ¿Y si pasa algo esta noche? Podría tener que ir al hospital.

Se rió, como siempre minimizando todo.
—Relájate, amor. Nos quedamos en la sala. Ni cuenta te vas a dar. Es solo hoy. Cuando nazca la niña ya no voy a tener tiempo para nada.

Dudé.
Mi instinto gritaba que no, pero estaba demasiado cansada para pelear.

—Está bien —murmuré—. Solo… no hagan mucho ruido.

—Prometido —respondió, distraído. Ya se escuchaban risas detrás.

Cuando llegaron, la casa se llenó de ruido: gritos de la televisión, botellas chocando, carcajadas.
Me encerré en el cuarto, cerré la puerta y me acomodé como pude. Puse una mano sobre mi vientre mientras sentía las pataditas.

—Todo está bien, mi amor —susurré—. Mamá solo está cansada.

El sueño me venció.

Hasta que sentí una mano sacudiéndome el hombro.

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