Era Miguel.
Su voz sonaba extraña, tensa.
Abrí los ojos. La luz del pasillo entraba al cuarto y su rostro se veía rígido, los ojos brillantes.
—¿Qué pasa? —pregunté incorporándome—. ¿Ocurrió algo?
Se frotaba las manos. Le temblaban los dedos. Caminaba de un lado a otro junto a la cama, con la mandíbula apretada.
—No… es solo que hoy los cuates dijeron algo que me dejó pensando.
Fruncí el ceño, todavía medio dormida.
—¿Qué tiene que ver eso con la bebé, Miguel?
Suspiró profundo, como si hubiera ensayado esas palabras mil veces.
—Yo… solo quiero estar seguro de que sí es mía.
Lo miré fijamente.
Por un segundo, no entendí lo que acababa de decir.
—No es que yo piense… —añadió rápido, elevando la voz—. Es solo que hablaron de fechas y me entró la duda. El año pasado estabas estresada, yo viajaba mucho por el trabajo y…
—¿Estás diciendo que te fui infiel?
—¡Solo quiero estar tranquilo! —explotó—. Quiero una prueba de ADN, antes de que nazca.
Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Negué lentamente con la cabeza.
—Miguel, tengo 35 semanas. Has visto los ultrasonidos. Me ayudaste a elegir su nombre. Armamos la cuna juntos.
Él cruzó los brazos, inexpresivo.
—Si no tuvieras nada que esconder, no estarías tan a la defensiva.
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