Esas palabras me partieron el corazón como una navaja.
Parpadeé, tratando de reconocer al hombre frente a mí.
No era el Miguel que me sobaba los pies ni el que me llevaba antojitos a medianoche cuando se me antojaba algo dulce.
No era el hombre que me apretaba la mano en cada consulta médica.
Se fue sin decir nada más.
Desde el cuarto lo escuché volver a reír en la sala, como si nada hubiera pasado.
Las botellas chocaban.
El partido seguía.
Me quedé inmóvil sobre la cama, con el vientre pesado de todo: no solo del bebé, sino de sus palabras, de sus dudas, de su traición.
Puse una mano sobre mi panza, como si pudiera protegerla de todo.
Mucho más tarde, cuando por fin el departamento quedó en silencio, Miguel regresó al cuarto.
Yo seguía despierta, con las lágrimas ya secas en las mejillas.
—Miguel —dije en voz baja y temblorosa—, si no confías en mí… ¿por qué sigues conmigo?
Se encogió de hombros, evitando mirarme.
—Necesito respuestas. Tengo derecho a saber la verdad.
—¿La verdad? —me incorporé—. He pasado cada día de este embarazo preocupándome, rezando para que esté bien. Mientras tú estabas fuera con tus amigos, ignorándome. ¿De verdad crees que te habría engañado?
—Tal vez ya no sé quién eres.
Algo dentro de mí se rompió.
No con un estruendo, sino con un corte limpio y definitivo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
