El sol aún no salía cuando me limpié la cara. Tenía los ojos irritados, el cuerpo adolorido por el embarazo y la desvelada, pero algo había cambiado.
La confusión ya no me devoraba.
Ya no esperaba que recapacitara.
Esperé a que se fuera al trabajo. No se despidió.
Luego tomé el celular, con las manos temblorosas, y llamé a mi hermana mayor, Sara.
En cuanto contestó, me derrumbé.
—Ya no puedo —sollozé—. Me voy. Lo voy a dejar.
No dudó ni un segundo.
—Haz tus maletas. Tú y la niña se vienen para acá.
Sara vivía a una hora de distancia, con su esposo y sus dos hijos.
Siempre había sido mi apoyo: la que me ayudó con trámites de la universidad, la que me sostuvo la mano en el funeral de mamá, la que estuvo ahí durante los tratamientos de fertilidad.
No tuve que explicarle mucho. Ya lo sabía.
Colgué y miré el departamento largo rato.
Todo se sentía falso: la foto de la boda, el cuarto del bebé a medio terminar, el monitor aún en su caja.
Tomé la maleta del hospital, algo de ropa para la bebé, los ultrasonidos y una foto pequeña de mamá que guardaba en el buró.
En el cuarto del bebé dudé. Mis ojos se fueron a una pijamita que Miguel había elegido cuando supimos que sería niña. Decía: “La estrellita de papá”.
La guardé sin saber por qué.
Antes de irme, me quité el anillo de bodas y lo dejé sobre la mesa de la cocina.
A un lado, una nota. Pocas líneas.
Miguel:
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