Ojalá algún día entiendas lo que tiraste.
Ya inicié el trámite de divorcio.
Por favor, contáctame solo por asuntos de la niña.
—Ana.
El aire afuera estaba frío y real. Respiré hondo, como si por fin pudiera hacerlo sin ahogarme en el dolor.
Sara me esperaba en la puerta cuando llegué.
No dijo nada. Solo me abrazó fuerte mientras yo lloraba contra su hombro.
Por primera vez en meses, me sentí a salvo.
Los días siguientes fueron duros.
Lloré mucho.
Me despertaba con pesadillas.
Brincaba cada vez que vibraba el celular, pensando que era Miguel. No lo era.
Pero también reí con mi sobrina mientras doblábamos ropita.
Me sentaba en el porche con Sara, una infusión de manzanilla entre las manos, viendo caer las hojas.
Iba sola a las consultas con la ginecóloga, pero con la barbilla un poco más en alto.
Entonces, un martes lluvioso por la mañana, se me rompió la fuente.
El dolor era intenso, olas que me hacían temblar, pero resistí.
Sara me llevó de emergencia al hospital.
Con cada contracción me repetía:
—Eres fuerte. No estás sola. Puedes hacerlo.
Después de horas de trabajo de parto, una enfermera puso en mis brazos un cuerpecito tibio y diminuto.
Bajé la mirada y vi el rostro más hermoso del mundo.
—Felicidades —dijo suavemente—. Está perfecta.
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