Tragué saliva.
—¿Y Héctor?
—El abogado de Mateo presentará cargos por fraude en cuanto inicies el divorcio —dijo Laura—. Ganarás. Cada peso robado volverá a ti.
Por primera vez esa mañana, sentí poder.
No rabia. No dolor. Poder.
Me puse de pie.
—Mateo —dije—, acabemos con esto.
Él asintió.
Horas después, los invitados llenaban el jardín de nuestra casa en Querétaro. El cuarteto tocaba. El arco que yo misma decoré brillaba con luces cálidas.
Debía ser hermoso.
Pero era el escenario de la destrucción de una familia.
Camila caminó hacia el altar, radiante —si tan solo supieran.
Héctor la miraba con un hambre que me revolvió el estómago.
Mateo estaba erguido, el rostro tallado en hielo.
Cuando el juez dijo:
—“Si alguien tiene una objeción…”—
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