A veces la traición no grita...

Mi padre decidió "probar suerte en los negocios". Luego otro. Luego otro. Cada vez, oía lo mismo:

"Es un poco corto, pero es temporal".

Me trasladé. Sin recibos. Sin condiciones.

Mi hermana tuvo hijos y "dejó el trabajo por un tiempo". Luego otro. Entonces decidió que "aún no era momento de volver". Pagué clubes, viajes, campamentos y tutorías. Al principio, por alegría. Luego, por inercia.

Mis padres se mudaron a una casa en las afueras de la ciudad. "Necesitamos expandirnos, somos una familia numerosa". Ayudé con la entrada. Luego con las reformas. Luego con los muebles. Luego con el mantenimiento.

Durante doce años, fui el banco de la familia. Sin intereses. Sin días libres. Sin derecho a negarme.

No me quejé. Ni siquiera conmigo misma.

3. Invisible

Al llegar, me recibieron con calidez, pero sin alegría. Como algo conveniente que siempre está ahí. Me senté en la cocina, escuchando conversaciones sobre viajes ajenos, nuevas compras, planes que no me incluían.

"Siempre estás trabajando", dijo mi madre. "Bueno, al menos tienes dinero".

No sonaba a elogio. Más bien a una excusa para esperar más de mí.

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