El millonario había llegado temprano a casa y casi se desplomó ante lo que vio.
Durante meses, Michael Reynolds vivió en una especie de impotencia que nunca antes había conocido. Un hombre que controlaba uno de los imperios de la construcción más grandes de San Diego, había descubierto que todo su poder, toda su riqueza, no significaban nada cuando se trataba de sanar el corazón destrozado de un niño de tres años.
Esa tarde, algo lo alejó de una importante reunión con inversores. No era la lógica ni el horario, era el instinto. Una voz suave lo impulsaba a volver a casa. La siguió.
Al abrir la puerta de la cocina de su mansión, Michael se quedó paralizado. Extendió la mano para agarrarse al marco de la puerta, estabilizando su equilibrio.
Allí estaba Ava. Su hija silenciosa y sumida en el dolor. Sentada sobre los hombros de la criada, riendo mientras lavaban los platos juntos. No solo sonriendo, sino riendo. Una risa brillante y musical que no había oído desde la noche en que todo se vino abajo.
“Frótate aquí, princesa”, murmuró Paige, guiando las manitas de la niña. “Lo estás haciendo de maravilla”.
“Tía Paige, ¿puedo hacer burbujas con el jabón?”, preguntó Ava. Entonces, al ver a Michael, ladeó la cabeza. “¿Qué pasa?”
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