Su voz, fuerte, clara y viva, lo golpeó como un puñetazo. Creyó que tal vez nunca la volvería a oír.
Le flaquearon las piernas. Desde la muerte de su esposa en el accidente de coche, Ava no había pronunciado ni una sola palabra. Los médicos le habían dicho que tuviera paciencia, que el trauma podía silenciar a un niño. Pero allí estaba, hablando con libertad… como si los últimos meses no hubieran sido más que una pesadilla.
Paige se giró, sobresaltada, casi tirando un plato.
“Señor Reynolds, lo siento, no sabía que estaba en casa”.
“¡Papá!”, chilló Ava, y al instante retrocedió, con la culpa reflejada en su rostro.
Michael salió de la cocina y se dirigió a su oficina, cerrando la puerta tras él. Le temblaban las manos mientras se servía un vaso de whisky, pero el ardor no calmaba la tormenta que sentía en su interior.
¿Cómo había logrado esta joven criada llegar a su hija de maneras que él —y varios especialistas— no podían? ¿Por qué Ava le abría su corazón a Paige, pero lo ignoraba por completo?
A la mañana siguiente, salió de casa a la hora de siempre. Pero en lugar de ir a su oficina, dio la vuelta a la manzana y aparcó. Necesitaba saber la verdad.
Silencioso como una sombra, se deslizó por la puerta trasera, fue directo a su oficina y sacó las pequeñas cámaras que había comprado de camino a casa la noche anterior.
Y con manos temblorosas, las instaló.
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