Luna permitió que Julia cepillara su suave cabello nuevo. Y durante uno de esos momentos sencillos, el
El mundo se partió en dos.
Julia cepillaba suavemente cuando Luna se estremeció de repente, agarró el borde de la camisa de Julia y susurró con una voz que parecía salida de un sueño:
"Me duele... no me toques, mami".
Julia se quedó paralizada.
No por el dolor —eso se podía entender—, sino por esa palabra.
Mamá.
Luna casi nunca hablaba. Y lo que decía no sonaba casual. Sonaba a recuerdo. A viejo miedo.
Julia tragó saliva, dejó el cepillo lentamente y respondió en voz baja, ocultando la tormenta que sentía en su interior:
"No pasa nada. Pararemos por ahora".
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