—Si no te gusta, vete. Nadie más te contratará.
Esa noche, tendida sobre el suelo frío, Emily se prometió algo:
Merezco más que esto.
A la mañana siguiente, renunció.
Su siguiente empleo parecía distinto.
Una viuda llamada Camila Montero buscaba niñera para su hija, Judi.
Camila la recibió con amabilidad. La casa olía a flores y nostalgia.
Por unos días, Emily creyó haber encontrado un lugar en el mundo.
Pero algo no encajaba: no veía a la niña.
Cuando finalmente Camila le presentó a “Judi”, Emily se quedó helada.
Sobre las piernas de la mujer descansaba una muñeca de trapo, vestida de rosa, con un lazo en el cabello.
—Esta es Judi —dijo Camila con dulzura, acariciando los hilos de su cabeza.
Emily sonrió con rigidez.
Los días siguientes fueron una pesadilla silenciosa.
Camila alimentaba a la muñeca, le hablaba, la reprendía. Le pedía a Emily que le leyera cuentos antes de dormir.
Un día, Emily encontró un álbum escondido. En las fotos, una niña real, sonriente, de unos seis años.
Luego, de pronto, las imágenes se detenían.
El silencio de esas páginas decía más que mil palabras.
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