Cuando Camila descubrió que Emily había visto el álbum, se volvió loca de miedo.
—¡No te atrevas a llevártela! ¡Judi es todo lo que tengo!
Emily comprendió: la mujer no era malvada, solo estaba destrozada.
Por compasión, llamó a las autoridades.
Camila fue internada para recibir ayuda.
Emily se marchó de aquella casa con el alma hecha trizas, perseguida por la imagen de una madre abrazando a una hija que ya no existía.
Pasaron los meses.
Emily vivía en un pequeño apartamento, comiendo a veces solo pan duro y agua.
Pero nunca perdió la fe: “Soy buena en lo que hago. Algún día alguien lo verá.”
Y ese día llegó.
Una mujer llamada Jude la contactó para cuidar a su hija Charlotte, de cinco meses.
Su voz era amable, su casa luminosa.
Por primera vez en mucho tiempo, Emily sintió esperanza.
Charlotte era dulce, tranquila. Jude parecía respetuosa.
Todo era perfecto… hasta que un día Emily notó un moretón oscuro en la pierna de la bebé.
Alarmada, acudió a un médico, quien le explicó:
—No es maltrato. La niña tiene una condición que le provoca hematomas con facilidad.
Emily suspiró aliviada, pero algo dentro de ella seguía inquieto.
Una noche revisó la cámara oculta que había colocado en la habitación.
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