¿Cómo es posible que en la mansión más lujosa de Las Lomas, donde el silencio se compraba con millones, un simple plato de arroz amarillo revelara la mentira que mi difunta esposa se llevó a la tumba? Regresé a casa antes de tiempo y no encontré a mis empleados trabajando, sino a cuatro niños idénticos a mí sentados en mi propia mesa, comiendo como si fuera su último banquete; una sola mancha de nacimiento en forma de hoja fue el sello de una verdad que me destrozó el alma, revelando que mi vida entera había sido un teatro de sombras y que el mayor tesoro de mi sangre había estado escondido en mi propia cocina durante años.

Él ni siquiera la escuchaba. Sus piernas se movieron solas. Ahora los tenía de frente, a pocos metros. La semejanza ya no era una posibilidad, era una sentencia. El niño que estaba más cerca, el que había estado sentado en su lugar, lo miraba con miedo, pero también con una curiosidad desarmante, una que Alejandro reconoció como propia. Sin pensar en las consecuencias, Alejandro le tomó el antebrazo al pequeño.

La piel del niño era suave, pero se sentía demasiado delgada bajo sus dedos. Y entonces lo vio. Justo debajo del codo, en el antebrazo derecho, había una mancha de nacimiento de color café claro, con la forma perfecta de una hoja de roble.

Alejandro soltó al pequeño como si su piel quemara. Se llevó la mano a su propio brazo, debajo de la manga de su traje de diseñador. Aquella mancha era el secreto de su linaje. Siempre pensó que se moriría con él, ya que Sofía nunca pudo concebir y los doctores le habían dicho que sus probabilidades de ser padre eran nulas.

—Esta mancha… —susurró Alejandro, con los ojos llenos de una humedad que no conocía—. Es imposible.

—No es imposible, señor —dijo Elena, recuperando un poco de valor, aunque las lágrimas ya corrían por sus mejillas—. Son sus hijos. Los cuatro.

Alejandro se tambaleó y tuvo que sostenerse de la mesa de caoba. ¿Hijos? ¿Cómo? Él no había tenido otra mujer que no fuera Sofía en décadas. Pero entonces, la memoria empezó a abrir archivos que él mismo había sellado con candado. Cinco años atrás, en un viaje de negocios a Veracruz, durante una de las crisis más fuertes con Sofía, hubo una noche. Una noche de soledad y alcohol con una mujer cuyo nombre apenas recordaba: Mariana. Fue una sola vez. Mariana desapareció poco después y él nunca volvió a saber de ella.

—Mariana… —pronunció el nombre como si fuera una maldición.

—Ella murió hace un año, señor —explicó Elena con un hilo de voz—. Yo soy su prima. Ella nunca quiso molestarlo. Sabía que usted era un hombre poderoso y tenía miedo de que le quitaran a los niños. Vivía en la pobreza absoluta, trabajando en el campo, tratando de alimentar a cuatro bocas sola. Cuando enfermó, me hizo prometer que los protegería.

Alejandro escuchaba, pero su mente estaba en otra parte. Miró la olla de arroz amarillo.

—¿Por qué están aquí? ¿Por qué en mi casa?

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