¿Cómo es posible que en la mansión más lujosa de Las Lomas, donde el silencio se compraba con millones, un simple plato de arroz amarillo revelara la mentira que mi difunta esposa se llevó a la tumba? Regresé a casa antes de tiempo y no encontré a mis empleados trabajando, sino a cuatro niños idénticos a mí sentados en mi propia mesa, comiendo como si fuera su último banquete; una sola mancha de nacimiento en forma de hoja fue el sello de una verdad que me destrozó el alma, revelando que mi vida entera había sido un teatro de sombras y que el mayor tesoro de mi sangre había estado escondido en mi propia cocina durante años.

—Porque no tenía a dónde ir, señor. Me contrataron aquí y vi mi oportunidad. Los he tenido viviendo en el cuarto de servicio del sótano, escondidos. Los sacaba solo cuando usted se iba de viaje o a la oficina. Solo quería que estuvieran cerca de su padre, aunque usted no lo supiera. Quería que al menos comieran en una mesa de verdad una vez en su vida.

Alejandro miró a los cuatro “espejos vivientes”. No eran solo el fruto de una noche olvidada; eran el milagro que siempre le pidió a la vida y que el destino le había entregado en medio del engaño y el secreto. Su esposa Sofía, antes de morir, le había dejado una carta donde decía que “los secretos de la sangre siempre encuentran la luz”. En ese momento, entendió que quizás ella siempre lo supo y, en su silencio, permitió que Elena llegara a esa casa.

El hombre más rico de la zona, el que nunca se doblaba ante nadie, se dejó caer de rodillas frente a los cuatro niños. Ya no le importaba el arroz en la mesa de lujo, ni la traición de Elena.

—¿Cómo se llaman? —preguntó Alejandro, con la voz rota.

El niño con la mancha de nacimiento dio un paso al frente y, con la misma valentía que Alejandro mostraba en sus juntas de negocios, respondió:

—Yo soy Alejandro Segundo. Ella dice que tú eres el hombre del cuadro, pero que no debemos tocarte.

Alejandro estiró la mano y, por primera vez en su vida, sintió que su fortuna no estaba en el banco, sino en el calor de esa pequeña mano que se aferró a la suya. La mentira se había acabado, pero la vida, la verdadera vida, apenas estaba empezando en ese comedor lleno de arroz amarillo y verdades por fin reveladas.

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