Cómo vendimos una estatua y salimos de deudas

"Mira", sonrió Andrey, "siempre quisiste algo propio, y ahora lo tienes".

Pero el silencio no podía durar para siempre. Una noche, Natalia Vasilyevna llamó, agitada:

"Nastya, Anton viene. Tiene trabajo en nuestra ciudad. Dijo que pasaría por aquí. Y tú también, por cierto". Nastya sintió una desagradable sensación de vacío en el estómago.

"¿Por qué tiene que venir a verme? ¿Para ver si su 'tesoro' vale la pena?"

"Quién sabe", respondió la madre con evasivas. "Dijo: 'Hace tiempo que no veo a mi hermana, necesito ver cómo está'".

La voz de Anton, cuando más tarde llamó él mismo a Nastya, aún conservaba la misma sonrisa burlona:

"¿Cómo está mi amiga anticuaria? ¿Está bien? ¿La vendió?"
Ni siquiera le preguntó cómo estaba. No preguntó por sus sobrinos.

"Está bien", respondió Anastasia con calma. "Está ahí, tal como me pediste".

"Bien hecho", aprobó. "Estaré en la ciudad pronto; iré a echar un vistazo". Cuando se lo contó a Andrey, él rió entre dientes:

"Encontramos a alguien para que la inspeccionara. Bien, que venga. No hicimos nada ilegal. Compramos una estatua y la pusimos. Nunca notará la diferencia".

Pero eso no era lo que preocupaba a Nastya. Intuía que su hermano no vendría solo por la estatuilla. Algo en él también podría haber cambiado en un año de comentarios despiadados; simplemente no sabía en qué dirección.

La respuesta llegó antes que Anton, en forma de una noticia inesperada en la televisión.

Andrey estaba cambiando de canal el domingo y se detuvo en un noticiero económico:

"Mira", le gritó a Nastya. "Están hablando de la crisis en el sector de la construcción".

Dicen. Algunas grandes empresas se vieron afectadas... Espera, ¿cómo se llamaba tu hermano a esa empresa?

El nombre apareció en la pantalla. El mismo que Anton pronunciaba con orgullo a cada oportunidad: «Tengo un holding, tengo una red, tengo facturación».

«Parece que no les va muy bien», dijo Andrey lentamente. «Quizás solo sea una de las empresas, no todo su negocio. Pero el regusto...»

Anastasia miró la pantalla y no supo qué sentir. Por un lado, algo dentro de ella susurraba con malicia: «Así que la vida por fin te ha alcanzado». Por otro lado, seguía siendo un hermano. Malo, arrogante, pero querido.

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