Unos días después, Anton llegó. No en un coche reluciente, como antes, sino en un sedán mediano normal. No con un traje caro, sino con vaqueros y chaqueta sencillos. Pero su arrogancia seguía ahí.
«Bueno, hola, mis pobres parientes», sonrió desde la puerta. ¿Cómo se las arreglan sin restaurantes ni complejos turísticos?
Los niños se escondieron detrás de sus padres. Andrey asintió cortésmente y se hizo a un lado. Nastya invitó a su hermano a la cocina y preparó té.
Anton inspeccionó el apartamento como un inspector.
"La decoración sigue igual", observó. "Solo tu cara ha cambiado. Como si... ¿por fin hubieras podido dormir?"
Nastya no respondió. Se le encogió el estómago; ese tono otra vez.
"Bueno, vamos al grano", Anton hizo un gesto con la mano. "Enséñame a mi belleza. La he echado de menos".
En silencio, sacó una réplica de la estatuilla del estante y la colocó sobre la mesa. Anton ni siquiera la miró de cerca. Le pasó el dedo por el hombro, como si acariciara la cabeza de un perro precioso.
"Aquí la tienes", asintió con satisfacción. "Sigue en pie, sin polvo, sin grietas. Bien hecho, hermanita. Así que sí le haces caso a tu hermano mayor después de todo".
"Y todavía no te interesa cómo vive la gente a la que le das esos 'regalos'", no pudo evitar añadir.
Él arqueó una ceja.
"¿Te ha servido de lección? ¿Vas a empezar a sermonearme sobre que el dinero no lo es todo?"
"No", respondió Anastasia con calma. "El dinero es importante. Sobre todo cuando no lo tienes. Solo quiero que me escuches como persona, no como a un 'pariente pobre', por primera vez en mi vida".
Anton sonrió y se recostó en su silla.
"Adelante. Sorpréndeme".
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