Cómo vendimos una estatua y salimos de deudas

"No espero que me perdones", dijo ella en voz baja. "Espero que al menos intentes comprenderme. Y si eso no funciona, también es tu decisión." Solo quiero que sepas esto: volver al viejo modelo —tú arriba, nosotros abajo— ya no es posible.

Sonrió con algo de tristeza.
"Ya no tengo la estatua, ni te temo."

Él rió entre dientes. Se puso de pie.

"Te has vuelto insolente, hermanita."

"Me he hecho adulta", corrigió ella.

Salió al pasillo y se puso los zapatos en silencio. Se dio la vuelta en el umbral.

"¿Y qué? ¿No te da pena?". Tal cosa...

"Es una pena", admitió con sinceridad. "Era hermosa. ¿Pero sabes de qué me arrepiento aún más? Todos esos años que viví como si no tuviera derecho a elegir.

No dijo nada y se fue, cerrando la puerta silenciosamente.

Nastya se apoyó en el marco de la puerta y permaneció allí un buen rato, escuchándose a sí misma. No había miedo. Tampoco culpa. Solo una sensación extraña y desconocida: como si por fin hubiera encontrado su lugar en su propia vida.

Epílogo. La estatua que ya no importaba
El tiempo puso todo en su lugar.

El negocio de Anton se había visto realmente afectado. Un par de acuerdos arriesgados, una crisis, errores de sus socios, y su holding "insumergible" comenzó a hundirse. Algunas empresas quebraron, otras se vendieron por casi nada.

Natalya Vasilyevna se preocupaba por su hijo, pero ya no llamaba a su hija con reproches como: "¿Por qué no apoyas a tu hermano?". Vio que Nastya tenía su propia vida, su propio camino. Y lo más importante, ya no había esa eterna y cansada resignación en sus ojos.

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