Anton asintió.
"De acuerdo."
La estatua ya no estaba en el apartamento. En su lugar había un sencillo y económico jarrón con flores silvestres; los niños las habían recogido de camino a casa desde la escuela. Y en la pared colgaba un calendario, con los días que Nastya pasaba con los niños y Andrey trabajando a tiempo parcial marcados en rojo. La vida seguía, sin antigüedades, sin el miedo habitual, pero con una nueva sensación: eran dueños de su propio destino.
A veces, al pasar por la tienda de Veniamin Petro...
Vicha, Nastya aminoró el paso involuntariamente. En algún lugar, tal vez, comenzaba el camino que condujo a la figura al mundo de las casas ricas y las colecciones privadas. Que así fuera. Su viaje con este objeto había terminado.
Ahora su mayor tesoro no estaba en el estante, sino dentro: la comprensión de su propio valor, sin medirlo en euros ni verse afectada por las opiniones de los demás.
Y ningún hermano, ninguna antigüedad, ningún préstamo podría arrebatársela.
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