El niño rompió a llorar de miedo. La fría mujer de porcelana tembló en las manos de Nastya. Una pequeña grieta, casi imperceptible, apareció en su base.
"Bueno, bueno, tranquilo", Anna se apiadó de su hijo y lo abrazó con fuerza. "Mamá solo está asustada".
Pero su corazón latía tan rápido como el del niño. Miró la fina grieta y pensó: "Si Anton se entera... nos matará emocionalmente".
Esa noche, mientras acostaba a los niños, no pudo conciliar el sueño durante mucho tiempo. Dos pensamientos le daban vueltas en la cabeza: el retraso en el pago del préstamo y la grieta en la figurita.
"Tenemos miedo de romper algo ajeno", pensó de repente, "pero nos dejamos romper con calma".
"He perdido esta sensación de pobreza eterna."
Por la mañana, Andrey, preparándose para ir a trabajar, volvió a mirar el regalo de su hermano.
"Sabes", dijo pensativo, "enseñémosle esto a un especialista. Si de verdad vale algo, que al menos nos diga cuánto. Y luego lo pensaremos."
"Anton nos prohibió venderlo...", objetó Nastya automáticamente.
"Anton no paga nuestros préstamos", respondió Andrey con calma. "Y no alimenta a nuestros hijos. Y quiero saber cómo mantenemos a esta... 'vaca sagrada'."
Nastya dudó. El miedo a su hermano la quemaba por dentro. Pero el miedo a los cobradores era aún más fuerte.
"De acuerdo", dijo finalmente. "Pero hagámoslo en silencio. Sin mamá. Sin Anton."
Etapa 3. La tasación que te quita el aliento
Una compañera del jardín de infancia le recomendó la tienda de antigüedades a Nastya.
"Hay un tipo ahí, Veniamin Petrovich, un hombre honesto", dijo. "Ayudó a mi tía a tasar un jarrón viejo. No me engañaba".
La tienda resultó ser pequeña, con poca luz, y olía a muebles viejos y papel. Libros, candelabros y muñecas de porcelana llenaban los estantes. Un hombre delgado con una lupa estaba sentado detrás del mostrador.
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