Se quedó callada. Todo en su interior se contradecía: el sentido de la justicia, el miedo a la vergüenza delante de su familia, la gratitud por la oportunidad inesperada.
"¿Y si se entera?", preguntó en un susurro.
"¿Y si el banco nos quita el apartamento?", respondió Andrey, también en un susurro. "¿O si vienen los cobradores y empiezan a gritarnos delante de los niños? ¿Qué es peor?"
La respuesta era obvia.
Tomaron la decisión esa noche. No en voz alta, sin patetismo, solo con un silencioso "hagámoslo".
Al día siguiente, Nastya llevó la figurita a la tienda de Veniamin Petrovich.
"¿Ya te has decidido?", preguntó, mirándola fijamente.
Ella asintió.
"Solo..." Nastya respiró hondo. "Todo está en orden. Con el contrato, con el papeleo. No quiero problemas después".
"Chica lista", sonrió con aprobación. "Eso haremos."
Al firmar los papeles, sintió que le temblaban las manos. Era como si estuviera tachando no solo la vieja porcelana con tinta, sino también su dependencia de años de su hermano: su dinero, su opinión, su desprecio.
Cuando Veniamin Petrovich contó fajos de billetes —algunos en euros, otros en rublos al tipo de cambio actual— por primera vez en muchos años, Nastya sintió alivio, no miedo ante la gran cantidad.
Ella y Andrey no estaban celebrando una fiesta en casa. Se sentaron y, con calma, como adultos, lo planearon todo:
"Primero, pagamos todos los préstamos", dijo Nastya con firmeza. "Hasta el último céntimo."
"Luego reservamos un fondo de seguridad", añadió Andrey. "Para no tener que estar a la caza de cada llamada."
"Le daremos una parte a mamá", dijo vacilante. "Después de todo, ella se interpuso entre nosotros con esas fotos..."
"Lo haremos", asintió su marido. "Pero sin detalles". Cuanto menos sabe, más profundamente duerme.
Un problema seguía sin resolver: Anton.
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