Era una tarde gris de otoño en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha. El aire olía a lluvia y a tierra recién arada cuando Lucía, con apenas catorce años, se quedó sola frente al portón de su casa. Detrás, los gritos aún resonaban:
—¡Has deshonrado a esta familia! —rugía su padre, don Manuel, un hombre de manos curtidas y orgullo férreo.
Lucía no respondió. Se aferraba al abrigo raído que su madre, en un último gesto de piedad, le había lanzado por la ventana. En el bolsillo, llevaba un sobre con cincuenta euros y una estampa de la Virgen del Pilar. En el vientre, una vida que nadie quería reconocer.
Todo comenzó meses atrás, en las fiestas del pueblo. Javier, el hijo del panadero, la había enamorado con promesas de amor eterno y paseos entre los trigales. Cuando supo que estaba embarazada, desapareció. Y cuando la noticia llegó a oídos del cura, del alcalde y, finalmente, de sus padres, el escándalo se extendió como fuego en paja seca.
Su madre lloraba sin mirarla. Su padre dictó sentencia sin temblar.
—Te vas de esta casa. Y que Dios te juzgue.
Lucía caminó durante horas por el camino viejo hacia Toledo. No sabía adónde iba, solo que no podía volver atrás. Se refugió en la estación de autobuses, donde una mujer de rostro amable, Rosa, la encontró acurrucada sobre un banco.
—¿Cuántos años tienes, hija? —preguntó con voz suave.
—Catorce.
—Y estás embarazada…
Rosa trabajaba en una casa de acogida para madres jóvenes. Gracias a ella, Lucía encontró un techo, comida y la oportunidad de terminar sus estudios. Pero el dolor del abandono nunca desapareció. Cada noche soñaba con el portón cerrado y la mirada helada de su padre.
Pasaron los meses, y con ellos nació Daniel, un bebé de ojos oscuros y sonrisa luminosa. Lucía prometió que nunca lo haría sentir solo. Entre pañales y libros de texto, se convirtió en una joven fuerte, obstinada, con una meta clara: ser alguien, demostrar que su vida no era una vergüenza.
Sin embargo, cada Navidad miraba hacia el norte, hacia aquel pueblo donde la habían echado.
Y se preguntaba si algún día sería capaz de volver.
Catorce años después, el autobús avanzaba entre los mismos campos amarillos. Lucía, ahora de veintiocho años, observaba por la ventanilla los olivos y las colinas. A su lado, Daniel dormía con los auriculares puestos. Tenía trece años y no sabía toda la verdad. Solo que iban “a visitar un lugar importante del pasado de su madre”.
Lucía había construido una vida en Toledo: trabajaba como enfermera, había terminado la carrera con becas y turnos interminables. Daniel era su orgullo, un chico curioso y educado. Pero una carta recibida tres semanas antes la había dejado sin aliento:
“Tu madre está muy enferma. No queda mucho tiempo. Si aún te queda algo de perdón, ven.”
La firmaba su hermana menor, Inés, a quien no veía desde aquella noche de la expulsión.
Cuando bajó del autobús, el pueblo parecía detenido en el tiempo. La plaza, el bar de siempre, el campanario marcando las horas lentas. Solo las caras habían envejecido. Algunos la miraron con sorpresa, otros con recelo.
—¿Lucía Martín? —preguntó el farmacéutico, con un deje de incredulidad—. Pensé que no volverías nunca.
Ella sonrió con una serenidad aprendida a pulso.
—Ni yo lo pensé.
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