La casa seguía igual. El portón verde, las macetas secas. Al abrir, un silencio pesado la envolvió. En la habitación del fondo, su madre yacía en la cama, pálida, con un rosario entre los dedos. Cuando la vio, una lágrima se deslizó sin permiso.
—Hija…
Ninguna de las dos habló de perdones. El tiempo lo había dicho todo. Lucía se sentó junto a ella, tomó su mano y lloró por primera vez en muchos años.
En cambio, el reencuentro con su padre fue un choque de trenes. Don Manuel entró sin mirarla. Su cabello, antes negro, era ahora gris como el cemento.
—No esperaba verte —dijo con voz ronca.
—Tampoco esperaba volver —respondió ella—. Pero mamá me necesitaba.
Él la observó largo rato, luego posó la vista en el muchacho.
—¿Y él?
—Tu nieto. Se llama Daniel.
El silencio que siguió fue insoportable. Pero en los ojos del anciano, por un instante, algo pareció quebrarse: orgullo o culpa, quizá ambos.
Durante los días siguientes, madre e hija se reconciliaron en pequeños gestos. Lucía cocinaba, limpiaba, acompañaba. Daniel corría por el patio, ajeno a las sombras del pasado. Pero la tensión con su abuelo era un nudo que nadie sabía desatar. Hasta que un hecho inesperado lo cambió todo.
Una tarde, mientras Lucía buscaba medicinas en el desván, encontró una caja cubierta de polvo. Dentro había cartas, fotografías y un sobre sin abrir dirigido a su madre. El remitente era Javier, el joven que la había dejado sola hacía catorce años.
Temblando, rompió el sello.
“Lucía, me fui porque tu padre me amenazó. Dijo que si no desaparecía, te quitaría el niño y me haría la vida imposible. He intentado escribirte durante años, pero todas mis cartas fueron devueltas. Si algún día lees esto, quiero que sepas que nunca te olvidé.”
Lucía cayó de rodillas. Todo su odio, su dolor, su lucha… habían nacido de una mentira. Corrió a enfrentar a su padre.
—¿Por qué? —le gritó—. ¿Por qué destruiste mi vida?
Don Manuel, sentado junto al fuego, no levantó la vista.
—Creí que hacía lo correcto. Tenías catorce años. No podía permitir esa vergüenza.
—No eras tú quien debía decidir mi destino. ¡Era mi hijo, era mi vida!
Por primera vez, el hombre se quebró. Lloró como un niño.
—Cada día me arrepentí, pero el orgullo… me pesó más que el amor.
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