¡Corre a lavar a mi madre! Necesita cuidados, ¡y tú sigues mirando la tele!

¡Ella estaba justo ahí!
"Siempre lo controlas todo", dijo Stepan, casi en un susurro, pero con una clara amenaza en la voz. "¡Y aun así, todo sigue mal!" Ksenia sintió que se le agotaba la paciencia.
"¡¿Crees que esto es fácil para mí?!", gritó. "¡No duermo por la noche! ¡Lavo, cocino, le doy la medicina, la ayudo a levantarse! ¡Y aun así tengo que escuchar tus quejas! ¡¿No ves que yo también soy humana?!"
Stepan se quedó paralizado. Su mirada se suavizó por un momento, pero su orgullo no le permitió admitir que Ksenia tenía razón.
"De acuerdo", dijo finalmente, apretando los puños. "Lo... intentaré".
"¿Lo intentarás?", preguntó ella con un dolor apenas disimulado. "¿Intentarás escucharme cuando te pida ayuda? ¿O será 'hacerlo todo yo sola' otra vez?"
No respondió. El silencio se apoderó del apartamento, pero ahora era un silencio lleno de tensión y confusión. Ksenia ayudó a su suegra a sentarse en una silla y luego se acercó silenciosamente a la ventana. Afuera, la nieve se convertía en una masa sucia, con gotas grises rodando por el cristal. Ese día gris reflejaba su estado interior: fatiga, ansiedad, ira y desesperación, todo entrelazado.
Pero por dentro, Ksenia ya no sentía la misma confusión. Sabía que tenía que aguantar, aunque todo a su alrededor se derrumbara. Aunque Stepan no estuviera preparado para verla luchar. Se mantuvo a sí misma, y ​​a su familia, a flote, paso a paso, día a día.
Y mientras la ventisca azotaba afuera, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no se derrumbaría.

A la mañana siguiente, su suegra se despertó repentinamente con un fuerte dolor en el pecho. Ksenia, ya acostumbrada a las pequeñas caídas y dolencias, comprendió de inmediato que se trataba de algo grave. Cogió el teléfono y llamó a una ambulancia.
"¡Por favor, venga rápido!", gritó al auricular, mientras sostenía a la anciana. ¡Está en problemas!
Stepan, al oír el ruido, salió corriendo del garaje. Su rostro no reflejaba su ira habitual, solo confusión y miedo.
"¿Qué ha pasado?", preguntó, agarrando a su madre por los hombros.
"¡Se está ahogando!", exclamó Ksenia. "¡Ya he llamado a una ambulancia!".
Cuando llegaron los paramédicos, Ksenia tomó la mano de su suegra y Stepan se quedó cerca, sin saber qué hacer. Todo fue rápido en el hospital: se llevaron a la anciana para que la examinaran y dejaron a Ksenia esperando en el pasillo.

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