Se dejó caer en un banco y cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza y tenía el corazón oprimido por la fatiga y el miedo. Y entonces Stepan se sentó a su lado.
"Yo... no quería gritar", dijo en voz baja. "Me doy cuenta de que nunca había visto lo mucho que haces".
Ksenia abrió los ojos. No había alegría en ellos, solo un cansancio que la agobiaba. "Esto no es solo ayuda", dijo con calma pero con firmeza. "Esto es la vida. Y no puedo hacer esto sola, todos los días, sin ti. Tienes que estar aquí. Tienes que entender lo que significa estar aquí".
Stepan guardó silencio, sintiendo todo el peso de la situación por primera vez.
"De acuerdo", dijo finalmente. "Lo haré. Yo... quiero estar aquí".
Ksenia asintió. La pesadez en su pecho no desapareció, pero algo nuevo nació en su interior: la comprensión de que podían superar esto juntos.
La luz en el pasillo del hospital era fría, y afuera nevaba, como un silencioso recordatorio de que la vida continúa, a pesar del cansancio, el miedo y el conflicto.
Ksenia apretó la mano de Stepan y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba sola.
Unos días después, mi suegra se sintió mejor. Seguía débil, pero los médicos le dieron el alta para volver a casa. Ksenia, cansada pero decidida, lo organizó todo: medicamentos, comida, cuidados, para que la anciana se sintiera lo más cómoda posible.
Stepan, al ver el esfuerzo que su esposa invertía, empezó a ver la situación de otra manera. No interfería innecesariamente, pero ahora se acercaba, ayudaba a su suegra a levantarse y le traía lo que necesitaba. Sus palabras ya no eran duras, su voz ya no era exigente. A veces simplemente permanecía en silencio, observando a Ksenia, y en ese silencio se palpaba el respeto.
"Trabajas mucho", dijo una noche mientras ponían la mesa juntos. "Nunca lo había notado".
"Solo hago lo que tengo que hacer", respondió Ksenia en voz baja, intentando no mostrar su alegría. "Pero es importante para mí que tú también lo veas".
Él asintió y, por un momento, un extraño silencio se apoderó de ellos, suave, casi amistoso. Con cada día que pasaba, los pequeños éxitos de su suegra la llenaban de alegría. Sonrió, pidiéndole a Ksenia que le contara historias de su vida pasada, y Ksenia lo hizo, recordando momentos que parecían olvidados.
Stepan empezó a quedarse en casa más a menudo por las noches, ayudando en la casa. Incluso sugirió salir a pasear con su esposa y su suegra; un breve paseo al aire libre resultó inesperadamente agradable.
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