"¿Sabes?", dijo un día, mientras la nieve caía suavemente fuera de la ventana, "ahora me doy cuenta de lo mucho que haces. Y... siento haber gritado tanto".
Ksenia lo miró y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que las palabras "lo siento" podían ser el comienzo de algo real.
"Lo importante es que ahora estás aquí", dijo en voz baja. "Eso ya cambia mucho". Y mientras la tormenta de nieve fuera de las ventanas amainaba poco a poco, la esperanza surgió en su interior: que una familia puede estar unida a pesar de las dificultades, que el amor no son solo sentimientos, sino también trabajo diario, y que juntos son capaces de resistir en
Todo lo que la vida les depara.
Pasaron varias semanas. La suegra volvió poco a poco a la normalidad: caminaba por el apartamento sin ayuda, comía sola e incluso refunfuñó un poco con Ksenia. Este pequeño milagro le trajo alegría y alivio.
Ksenia, aunque todavía cansada, se permitió sentarse tranquilamente por la noche con una taza de té por primera vez en mucho tiempo. Stepan, al notarlo, se sentó a su lado sin hacer preguntas. Simplemente permaneció en silencio y observó.
"Recuerdo cómo peleábamos por cualquier cosa", dijo Ksenia en voz baja, como para sí misma. "Y ahora entiendo que todo era por el cansancio... y el miedo a perder lo querido".
"Sí", asintió Stepan. "Demasiadas veces pensé que todo se arreglaría. Y tú... estabas casi sola con todo esto".
Ksenia lo miró y sonrió. No había amargura en esa sonrisa, solo un silencioso reconocimiento de que ambos habían sobrevivido y habían empezado a entenderse. "Hemos pasado por mucho", continuó, "pero ahora veo que podemos lograrlo juntos. Debemos estar juntos".
Stepan le tomó la mano. No dijo mucho, pero el gesto fue suficiente: por primera vez en mucho tiempo, sintieron que estaban del mismo lado, que se enfrentaban no el uno al otro, sino a las dificultades de la vida.
Al día siguiente, ayudaron a su suegra a salir al patio. La nieve ya se estaba derritiendo, pero el sol se asomaba entre las nubes. La anciana sonrió, tomándoles las manos.
"Miren", dijo en voz baja, "la vida continúa. Y ustedes también pueden superar esto juntos".
Ksenia sintió que meses de tensión y fatiga se disolvían en ese momento. No era una victoria fácil, ni un milagro repentino; era trabajo diario, paciencia y la capacidad de escucharse mutuamente.
"Sí, juntos", dijo, apretando con fuerza las manos de su esposo y su suegra. "Juntos, podemos con todo". Y mientras permanecían allí, en el patio invernal, la luz del sol se reflejaba en la nieve derretida, como prometiendo un mundo nuevo, tranquilo, pero auténtico, uno que ellas mismas crearían, día tras día.
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