Sergey se quedó paralizado. La sorpresa le llenó los ojos.
Y lágrimas que Anna nunca había visto antes.
Apretó a su hijo contra su pecho y susurró:
"Perdóname. Perdóname... mi hijo".
Anna se quedó junto a él y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo estaría bien. No porque existan cuentos de hadas. Sino porque las personas pueden cambiar.
Y el amor no es la imagen perfecta de los sueños de una niña.
Es una elección.
Cada día, eligiendo una familia.
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