No estaba enojada.
No tembló.
Algo más la detuvo: darse cuenta de que el hombre que debería haber sido su compañero la había traicionado. Que la familia que debería haberla aceptado la veía solo como una herramienta.
Y aun así, siguió jugando.
Porque sabía:
La verdad es el arma más afilada.
Y ya tenía suficiente para destruir todo lo que habían intentado construir sobre su ingenuidad.
Conclusión
Hay traiciones que se pueden perdonar.
Las hay que se olvidan.
Y las hay que se convierten en una línea tras la cual una persona nunca volverá a ser la misma.
Esta historia no se trata de venganza.
No se trata de astucia.
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