Esta mentira nunca apareció.
De repente. Creció, día tras día, frase tras frase, una risita a sus espaldas.
A veces alguno de ellos decía algo demasiado franco, pensando que ella no se daba cuenta. A veces los insultos sonaban casi inocentes, pero su corazón reaccionaba cada vez como si le hubieran clavado un cuchillo de hielo.
Al principio, pensó que se equivocaba.
Que simplemente eran incómodos.
Que necesitaba acostumbrarse.
Pero cuanto más escuchaba, más claro lo veía: esta gente no la aceptaba; la toleraban mientras fuera rentable. Y no les daba vergüenza hablar con Rami sobre cómo «debería controlar a su esposa», «no darle demasiado dinero», «no dejar que se relacionara con su familia demasiado a menudo», «hacer que se mudara más cerca de su casa», «transferir la propiedad a su madre».
Comentaba todo esto con frases cortas como:
«Ya lo averiguaré».
«Hará lo que yo diga».
"No te preocupes, es dulce."
Escuchaba.
A veces, apenas respiraba.
Y cada vez, pulsaba un botón en su teléfono.
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