Una media hora después, un agente se acercó lentamente.
"Señora", dijo en voz baja, "su hija hizo exactamente lo correcto".
Dentro de la caja había un dispositivo electrónico toscamente alterado: mal escondido, inestable e increíblemente peligroso.
No era complejo, pero sí deliberado. El técnico en explosivos explicó que no estaba destinado a causar una destrucción generalizada. Estaba diseñado para herir gravemente a la persona que lo abriera.
La verdadera pregunta no era qué era.
Era quién lo puso allí y por qué.
Carol fue interrogada esa misma noche. Lloró desconsoladamente, alegando que había comprado el regalo en un mercadillo y que no tenía ni idea de qué contenía. Pero la policía no la liberó.
El cableado contaba otra historia.
Los componentes se habían comprado en la zona. Los recibos llevaron a los investigadores a una ferretería a menos de diez millas de distancia. Las imágenes de vigilancia mostraban a Carol comprando las piezas en varias visitas.
Al confrontarla con las pruebas, su explicación cambió.
Dijo que nunca tuvo la intención de hacerme daño. Afirmó que solo quería "darle una lección a mi marido".
Mi marido, Daniel, había actualizado recientemente su testamento tras enterarse de mi embarazo. Emma no era su hija biológica —era de mi primer matrimonio—, pero la había adoptado legalmente. Carol se sintió profundamente ofendida por eso.
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