Cuando mi hijo murió, mi nuera se burló de mí: “Deja el drama, haz tus maletas y arréglatelas sola”. Viví dos semanas en mi coche… hasta que el abogado de mi hijo me llamó con una noticia que cambió mi vida.

Me aferré al volante, sin comprender aún que lo que estaba por descubrir transformaría todo lo que creía saber sobre mi hijo… y sobre mí misma.

El despacho del licenciado Herrera estaba en un edificio antiguo del centro, con ventanales altos y olor a madera pulida. Entré con el corazón acelerado, aún sintiendo la humedad de las lágrimas que había derramado en el coche antes de subir. Él me recibió con un apretón de manos cálido, como si supiera exactamente por lo que había pasado.

—Gracias por venir, señora Valdés. Sé que no ha sido una temporada fácil —dijo con una voz pausada.

Asentí sin poder hablar. No quería que mi situación —la realidad de haber dormido dos semanas en un coche— se notara en mi ropa arrugada ni en mi expresión agotada.

Herrera abrió una carpeta gruesa.

—Su hijo dejó una serie de documentos preparados desde hace más de un año. Jamás pensé que tendría que revisarlos con usted tan pronto.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Documentos? ¿Qué tipo de documentos?

—Un testamento —aclaró— y algo más que debo explicarle con detalle.

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