«Para la mujer que siempre me amó de verdad. Número de cuenta 8 [Música] C H E. Swiss International Bank, Ginebra». Y, debajo, una línea que me hizo temblar: «Lo que encontrarás aquí es solo el principio. Ellos no merecían saber la verdad, pero tú sí».
El corazón empezó a latirme tan fuerte que creí que se me saldría del pecho. Una cuenta en Suiza. ¿De qué hablaba Arthur? En cuarenta y cinco años de matrimonio, me lo había contado todo sobre sus negocios… o eso creía yo. ¿Qué secretos había guardado? ¿Qué verdad no merecían saber mis hijos?
Pasé la noche dando vueltas en la cama, con esa hoja apretada contra mí. Al día siguiente, llamé al banco. Mi inglés vacilante fue recibido por una operadora que hablaba perfectamente. Le di el número de cuenta, mi información personal, y después de una espera que me pareció una eternidad, oí las palabras que cambiaron mi vida para siempre.
«Señora Herrera, el saldo actual de su cuenta es de cien millones de dólares estadounidenses».
Cien millones. El teléfono se me cayó de las manos y golpeó el suelo. Cien millones de dólares, más de tres veces lo que mis hijos habían recibido entre los dos. Me senté en el suelo de la cocina, conmocionada, intentando procesar lo que acababa de oír. Arthur me había dejado una fortuna secreta. Una fortuna que nadie conocía. Una fortuna que hacía que los treinta millones del testamento oficial parecieran ridículos.
Pero eso no era todo. La operadora continuó: «Señora, también tenemos instrucciones de enviarle una caja de seguridad que su marido depositó aquí hace dos años. Podemos programar la entrega». Una caja de seguridad. ¿Qué más había escondido Arthur? ¿Qué otros secretos me esperaban?
Acepté la entrega para el día siguiente y colgué con manos temblorosas. Mi cabeza era un torbellino de preguntas. ¿Cómo había amasado Arthur tanto dinero sin que yo me diera cuenta? ¿Por qué lo había mantenido en secreto? ¿Por qué había decidido dejármelo solo a mí? Y la pregunta que más me torturaba: ¿cuál era esa verdad que mis hijos no merecían saber?
Al día siguiente, a las diez en punto, llegó el mensajero. Era una caja pequeña, pesada, con una combinación proporcionada en un sobre sellado. Los números eran la fecha de nuestra boda: 15 de junio de 1980. Típico de Arthur, siempre tan romántico, incluso en sus secretos más oscuros. Corrí las cortinas del salón, desconecté el teléfono y me senté frente a la caja, con el corazón desbocado. Marqué la combinación y oí el clic del mecanismo.
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