Cuando mi vecino apareció en mi puerta antes del amanecer y me susurró con urgencia: "No vayas a trabajar hoy, por favor, créeme", me sentí confundida e inquieta.
No entendía por qué decía algo así. Al mediodía, la verdadera razón de su advertencia se volvió aterradora y me puso el mundo patas arriba.
Los golpes empezaron poco después de las 4 a. m., fuertes y urgentes. Abrí la puerta con cuidado y encontré a mi vecino, Graham, allí de pie, con una sudadera, el pelo aún húmedo y los ojos escrutando la calle constantemente, como si temiera ser observado.
"No vayas a trabajar hoy", dijo en voz baja. "Por favor. Quédate dentro".
Intenté hacerle preguntas, pero se negó a explicar. Solo repitió su advertencia y luego añadió algo que me revolvió el estómago: "Sobre todo tú".
Después de que se fue, no pude calmar la sensación de temor. Ignorando mi rutina, llamé diciendo que estaba enferma. Unas horas después, números desconocidos empezaron a sonar en mi teléfono. No contesté.
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