La madre de María Fernanda se abanicó más rápido, nerviosa por el tono grosero de su yerno, pero prefirió voltear la cara. El fotógrafo, profesional pero visiblemente incómodo, pidió una última toma. Un abrazo, por favor, y una mirada llena de amor hacia la novia. Alejandro pasó su brazo por los hombros de María Fernanda, pero su peso era muerto, una carga más que un abrazo protector. Ella podía oler el alcohol emanando de sus poros. Una mezcla rancia que le revolvió el estómago por primera vez en el día.
María Fernanda, queriendo salvar el momento y tener un recuerdo bonito de su boda, se inclinó suavemente hacia el oído de su esposo. Con toda la dulzura de la que era capaz y tratando de calmar a la bestia que sentía despertar en él, le susurró un consejo inocente. Amor, sonríe un poquito más. Las fotos van a quedar hermosas si nos vemos felices, le dijo con voz suave. Esas palabras simples actuaron como un detonante en la mente nublada y agresiva de Alejandro en ese preciso instante se soltó del abrazo con un movimiento violento, girando todo su cuerpo para quedar frente a ella, con los ojos desorbitados por una furia irracional.
“¿Me estás diciendo qué hacer?”, gritó él y su voz rebotó en las paredes de piedra de la iglesia, silenciando de golpe a los músicos. La plaza entera se congeló. Las risas de los niños se apagaron y los invitados que estaban felicitándose entre ellos se giraron hacia la pareja. María Fernanda retrocedió un paso asustada por la transformación repentina del hombre con el que acababa de casarse. No, Alejandro, solo decía que intentó explicar ella con la voz temblorosa, levantando las manos en un gesto de paz.
No me digas qué hacer y no me exijas que sonría cuando no quiero rugió Alejandro completamente fuera de sí, perdiendo cualquier rastro de civilidad. El alcohol en su sistema y su carácter volátil se mezclaron en una tormenta perfecta frente a cientos de testigos. Nadie se movió, nadie intervino. Todos estaban paralizados por la incredulidad de ver al novio gritándole a la novia en el atrio. Entonces ocurrió el gesto que cambiaría la vida de todos en ese pueblo para siempre, el momento que partiría la historia en dos.
Alejandro levantó la mano derecha abierta y pesada y con un impulso cargado de desprecio lanzó un golpe seco y directo. La palma de su mano impactó con una fuerza brutal contra la mejilla izquierda de María Fernanda. El sonido fue agudo, como el chasquido de un látigo, y resonó con un eco macabro en el silencio absoluto de la plaza. La fuerza del impacto fue tal que el delicado velo de novia se desprendió de su peinado y cayó lentamente al suelo sucio.
María Fernanda perdió el equilibrio, sus tacones se dieron y cayó de rodilla sobre las piedras duras, llevándose las manos al rostro. El mundo pareció detenerse en ese segundo. Los pájaros dejaron de cantar y el viento dejó de soplar. La marca roja de los dedos de Alejandro comenzó a brotar instantáneamente en la piel pálida de la novia, visible para todos. Ella no gritó, simplemente se quedó ahí de rodillas mirando el suelo, incapaz de procesar que el amor de su vida la había golpeado minutos después de jurarle amor eterno.
Alejandro se quedó de pie sobre ella, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando, sin mostrar ni una pizca de arrepentimiento inmediato. miró a su alrededor desafiante, como si esperara que alguien se atreviera a cuestionar su autoridad sobre su nueva esposa. El horror se instaló en los ojos de los presentes, una mezcla de miedo y vergüenza ajena que helaba la sangre. Fue en ese instante de silencio sepulcral cuando se escuchó el primer soyoso ahogado de María Fernanda, un sonido roto que partía el alma.
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