Cuando sentí el golpe seco en mi rostro el día de nuestra boda… supe que ese hombre nunca más…

Y mientras ella lloraba en el suelo con su vestido blanco manchándose de polvo, todos supieron que la fiesta había terminado antes de empezar. El cuento de hadas se había convertido en una pesadilla pública y el infierno de María Fernanda apenas estaba abriendo sus puertas. El grito desgarrador de la madre de María Fernanda rompió el trance colectivo, actuando como una señal para que el infierno se desatara en el atrio de la iglesia. Las señoras mayores se llevaron las manos a la boca para sofocar sus propios gritos mientras jalaban a los niños pequeños para esconder sus rostros en sus faldas y evitar que vieran más violencia.

Los invitados que segundos antes celebraban retrocedieron en una oleada de pánico, tropezando unos con otros en su afán de alejarse del novio, que parecía emanar una energía oscura y peligrosa. Nadie podía creer que la boda del año se hubiera transformado en una escena policial en cuestión de segundos. Alejandro no se movió para ayudar a su esposa, ni siquiera bajó la mirada para ver el daño que le había causado en el rostro, que ya comenzaba a hincharse visiblemente.

En su lugar, comenzó a caminar en círculos pequeños, como un animal enjaulado pasándose las manos por el cabello con una frustración desmedida que asustaba a todos. Eso te pasa por quererme controlar”, gritó con la voz ronca, señalando con un dedo acusador a la mujer que yacía en el suelo. Para él, en su lógica retorcida por el alcohol, ella era la culpable de haberlo provocado con ese susurro inofensivo. El padre de la novia, un hombre de campo respetado y pacífico, salió de su estupor inicial con el rostro desencajado por la furia y los puños apretados con fuerza a los costados.

intentó lanzarse sobre Alejandro para defender el honor de su hija, pero dos de sus propios hermanos lo sujetaron por los brazos, temiendo que una pelea a golpes empeorara la tragedia. “Suéltenme, voy a matar a ese desgraciado”, bramaba el señor con las venas del cuello marcadas, mientras su yerno lo miraba con una sonrisa cínica y retadora. Doña Consuelo, la madre de Alejandro, estaba pálida como un papel, temblando de pies a cabeza mientras miraba alternativamente a su hijo y a la multitud que los juzgaba con la mirada.

Intentó acercarse a él para calmarlo, susurrando su nombre con súplica, pero Alejandro se sacudió su toque como si le quemara la piel y la miró con desprecio. No me toques tú tampoco, mamá, que todas las mujeres son iguales de manipuladoras, escupió él. Dejando a su madre con la palabra en la boca y el corazón roto. María Fernanda, aún en el suelo, sentía un zumbido ensordecedor en los oídos que opacaba los gritos y el caos que la rodeaba en ese momento tan amargo.

Se llevó la mano a la boca y sintió un sabor metálico y caliente, dándose cuenta de que el golpe le había lastimado el interior del labio contra los dientes. No podía levantar la cabeza. La vergüenza pesaba más que el dolor físico. Sentía las miradas de todo el pueblo clavadas en su espalda como agujas ardientes. Las damas de honor, vestidas en tonos pastel, finalmente reaccionaron y corrieron hacia ella, formando una barrera humana para protegerla de la vista de los curiosos y del agresor.

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