Cuando sentí el golpe seco en mi rostro el día de nuestra boda… supe que ese hombre nunca más…

Se arrodillaron en el polvo sin importarle sus vestidos caros, abrazando a su amiga que temblaba como una hoja en medio de una tormenta. “Ya pasó, nena, ya pasó. No lo mires”, le decían al oído, aunque sabían que esa mentira piadosa no podía borrar la realidad de lo que acababa de suceder. El padre Tomás, un anciano que había bautizado a la mayoría de los presentes, bajó las escaleras del altar con paso apresurado, con su sotana moviéndose con el viento.

Su rostro reflejaba una indignación santa. Jamás en sus 40 años de sacerdocio había presenciado una profanación semejante en las puertas de la casa de Dios. se plantó firme frente a Alejandro, levantando una mano autoritaria para exigirle que se detuviera y mostrara un poco de respeto. “Hijo, ten temor de Dios. ¿Qué demonios estás haciendo?”, exclamó el sacerdote con voz potente, intentando usar su autoridad moral para frenar la locura del muchacho. Alejandro se detuvo en seco y lo miró de arriba a abajo con una falta total de reverencia, soltando una risa burlona que heló a los feligreses más devotos.

El respeto por la iglesia, por los mayores y por la decencia parecía haberse evaporado de su cuerpo junto con la sobriedad. “Usted no se meta, padrecito, que esto es un asunto entre mi mujer y yo,”, respondió Alejandro, invadiendo el espacio personal del cura de manera amenazante y grosera. Ella me quiso humillar diciéndome cómo comportarme y yo no soy títere de nadie. ¿Me oyó bien?”, continuó gritando, escupiendo saliva al hablar. La multitud contuvo el aliento, temiendo que el novio fuera capaz de agredir también al representante de la iglesia.

El padre Tomás no retrocedió, manteniendo la mirada fija en los ojos vidriosos del joven, intentando encontrar algún rastro del niño que había conocido años atrás. Pero antes de que pudiera decir otra palabra, Alejandro perdió la poca paciencia que le quedaba y empujó al sacerdote con fuerza por el pecho. El anciano trastailló hacia atrás, perdiendo el equilibrio y tuvo que ser sostenido por dos monaguillos para no caer rodando por las escaleras de piedra. Un grito colectivo de horror se elevó desde la plaza.

Empujar a un sacerdote era un límite que nadie en ese pueblo tradicional imaginaba que alguien cruzaría jamás. Ese gesto terminó de romper cualquier lazo de empatía que alguien pudiera haber sentido por el novio. Ahora era un paria ante los ojos de todos. Alejandro se quedó solo en medio del atrio, rodeado por un círculo vacío, mientras todos lo miraban como si fuera el mismo demonio. Aprovechando la distracción del empujón al cura, el hermano mayor de María Fernanda y dos primos cargaron a la novia, levantándola en vilo casi arrastras.

Ella tenía las piernas débiles y el vestido blanco estaba manchado de tierra gris en las rodillas y el dobladillo. Una imagen triste de la derrota. “Vámonos adentro, María. No tienes que escuchar a este animal”, le dijo su hermano con voz quebrada por la rabia contenida. La llevaron de vuelta al interior de la iglesia, buscando refugio en la penumbra fresca del templo, lejos de la luz cruel del sol y de la vista del público. Cerraron las pesadas puertas de madera tallada con un golpe sordo, dejando fuera los gritos de Alejandro y el murmullo de la gente.

Dentro el silencio era sepulcral, solo roto por los hoyosos incontrolables de la novia que resonaban contra la bóveda alta de piedra. Fuera, Alejandro reaccionó al ver que se llevaban a su víctima y corrió hacia las puertas cerradas, golpeando la madera con los puños cerrados. “Abre la puerta, María, no te escondas, todavía no terminamos de hablar.” Vociferaba completamente ajeno al espectáculo grotesco que estaba dando. Sus propios amigos, avergonzados se miraban entre ellos sin saber si intervenir o dejar que se hundiera solo en su miseria.

La tecnología moderna, cruel y rápida entró en acción. Decenas de teléfonos celulares se alzaron entre la multitud como testigos silenciosos y digitales. Desde diferentes ángulos, los invitados y los curiosos que pasaban por la plaza grababan cada insulto, cada golpe a la puerta y cada gesto de locura del novio. Nadie intervenía físicamente, pero todos documentaban la caída social de una de las familias más ricas de la región. Los videos comenzaron a circular en los grupos de mensajería instantánea del pueblo antes de que Alejandro dejara de golpear la puerta de la iglesia.

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