Ese pequeño círculo de oro representaba ahora una cadena de la que se había liberado de la forma más dolorosa posible. La noticia corrió como pólvora encendida por todo el territorio nacional, saltando de las pantallas de los celulares a los titulares de los noticieros estelares de la televisión. El patán de la boda o la novia golpeada. eran las frases que encabezaban los reportajes acompañadas de la imagen borrosa, pero innegable del momento exacto de la agresión. San Miguel, un pueblo tranquilo conocido por su arquitectura colonial y sus fiestas patronales, se convirtió de la noche a la mañana en el epicentro de un debate nacional sobre la violencia.
Los periodistas foráneos llegaron con sus camionetas y micrófonos acampando fuera de la iglesia y de las casas de ambas familias, hambrientos de una exclusiva. Alejandro, el protagonista de este drama vergonzoso, se había esfumado como si la tierra se lo hubiera tragado por completo apenas salió de la plaza. Nadie sabía dónde estaba. Su camioneta fue encontrada abandonada a las afueras del pueblo, cerca de la carretera federal, con las llaves puestas y la puerta abierta. Su familia cerró filas de inmediato, bajando las persianas de su mansión y desconectando los teléfonos fijos para evitar el acoso constante de la prensa y los curiosos.
Se rumoraba en el mercado que lo habían enviado al extranjero o a un rancho lejano en el norte para esconderlo hasta que las aguas se calmaran. María Fernanda, por su parte, no podía soportar ni un segundo más en la casa de sus padres, donde sentía que las paredes la asfixia con recuerdos y miradas de lástima. Cada vez que sonaba el timbre, su corazón se aceleraba pensando que era él, volviendo para terminar lo que había empezado o para pedir un perdón que ella no quería escuchar.
Necesitaba huir, no del pueblo, sino de la mirada compasiva de la gente que la había visto crecer y que ahora la veía como una víctima rota. Tomó una pequeña maleta con ropa vieja y le pidió a su padre que la llevara lejos, muy lejos del ruido y de la vergüenza. El destino elegido fue la vieja casona de su abuela materna, doña Soledad, ubicada en lo más alto de la sierra, donde la señal de internet era casi inexistente.
El camino fue largo y silencioso. Su padre manejaba con los nudillos blancos sobre el volante, conteniendo las ganas de llorar o de gritar por la impotencia de no haber protegido a su niña. Al llegar, el aire frío de la montaña y el olor a leña quemada la recibieron como un abrazo antiguo y conocido que le prometía un refugio temporal. La abuela la esperaba en el portón de madera, envuelta en un reboso gris, con la mirada firme de quien ha visto muchas tormentas y sabe que todas pasan.
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