Doña Soledad no hizo preguntas estúpidas, ni ofreció consuelos vacíos al ver bajar a su nieta con el rostro marcado y el alma en los pies. Simplemente abrió los brazos y dejó que María Fernanda se derrumbara en su pecho, llorando todo lo que no había podido llorar frente a las cámaras. La llevó a la habitación del fondo, la misma que María usaba cuando era niña en las vacaciones de verano, donde la cama tenía colchas tejidas a mano y olor a la banda seca.
Allí, entre esas cuatro paredes de adobe grueso, comenzó el verdadero calvario del aislamiento, el silencio absoluto después del estruendo del escándalo. Los primeros días fueron una neblina gris, donde el tiempo parecía haberse detenido por completo, sin horas ni rutinas, solo oscuridad y dolor. María Fernanda se negaba a salir de la cama pasando las horas mirando las vigas de madera del techo, repasando una y otra vez la escena en su cabeza. Se preguntaba qué había hecho mal, si su tono de voz había sido incorrecto, si debió haber callado cayendo en la trampa mental de la culpa.
La voz de Alejandro, gritándole resonaba en sus oídos, más fuerte que el viento que soplaba afuera, atormentándola incluso en sueños. Su teléfono celular, que había sido su conexión con el mundo, yacía apagado en el fondo de un cajón de la cómoda, como un artefacto peligroso que no quería tocar. Sabía que si lo encendía encontraría miles de mensajes, algunos de apoyo, otros de burla y videos que repetirían su humillación eternamente. Prefería la ignorancia, el vacío informativo de la sierra, donde las únicas noticias eran las que traía el lechero o las vecinas que subían a comprar queso.
se desconectó de su propia vida, convirtiéndose en un fantasma que deambulaba por los pasillos de la casa en camisón. La marca en su mejilla comenzó a cambiar de color, pasando de un rojo intenso a un tono morado y luego a un amarillo verdoso que le daba un aspecto enfermizo. Evitaba los espejos a toda costa. Tapó el de su cuarto con una sábana porque no soportaba ver el reflejo de la mujer golpeada que le devolvía la mirada. Sentía que esa marca no estaba solo en su piel, sino que había tatuado su identidad, que ahora era la golpeada y dejaría de ser María Fernanda para siempre.
Se sentía sucia, manchada por la violencia pública, como si hubiera perdido una dignidad que nunca recuperaría. En la mesa de centro de la sala había quedado olvidado el ramo de novia que traía en la mano cuando llegó un arreglo de rosas blancas y orquídeas que había costado una fortuna. Con el paso de los días, las flores comenzaron a marchitarse. Los pétalos blancos se volvieron marrones y crujientes, cayendo uno a uno sobre el mantel bordado. María Fernanda se sentaba en el sillón a observarlas durante horas, viendo en ese ramo moribundo la metáfora perfecta de su matrimonio y de su amor propio.
Nadie se atrevió a tirar las flores a la basura. Se quedaron ahí como un monumento fúnebre a las ilusiones rotas. Doña Soledad entraba a la habitación con platos de caldo de pollo y tazas de atole caliente, obligando a su nieta a comer al menos unas cucharadas para que no enfermara. El cuerpo sana rápido, mi niña. Lo que tarda es el alma. Pero esa también tiene cura si uno quiere, le decía con su voz rasposa, pero llena de cariño.
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