Cuando sentí el golpe seco en mi rostro el día de nuestra boda… supe que ese hombre nunca más…

La anciana no la presionaba para hablar, simplemente se sentaba a tejer a su lado, ofreciendo su compañía silenciosa como un ancla en medio de la marea emocional. Sabía que las palabras sobraban cuando el dolor era tan grande que ocupaba todo el espacio de la casa. Abajo en el pueblo, la vida continuaba con su ritmo habitual, pero el tema de conversación en cada esquina seguía siendo la boda fallida y el paradero del novio. La sociedad se dividió. Mientras la mayoría apoyaba a María, no faltaban las voces machistas y crueles que susurraban que algo le habría hecho ella para ponerlo así.

Esa hipocresía social llegaba a oídos del padre de María, quien tuvo que contenerse varias veces para no pelear a golpes con antiguos amigos en la cantina. La vergüenza se extendía como una mancha de aceite, afectando a todos los que tenían el apellido de ambas familias. La madre de Alejandro intentó llamar a la casa de la abuela en un par de ocasiones, buscando, según ella, mediar la situación y ver cómo estaba su nuera. Doña Soledad, con la firmeza de un roble, contestó el teléfono fijo y le prohibió volver a marcar, diciéndole que su hijo no tenía perdón de Dios ni de los hombres.

No se atreva a molestarla, señora. Ocúpese de la vergüenza de hijo que crío y déjenos en paz. Sentenció antes de colgar con fuerza. Fue la primera vez que alguien ponía en su lugar a la matriarca de los ricos, defendiendo a María como una leona. Las noches en la sierra eran largas y frías. llenas de sonidos de animales nocturnos y del crujir de la madera vieja que asustaban a María Fernanda en su estado vulnerable. Se despertaba sobresaltada, sudando frío, buscando instintivamente protegerse la cara con las manos ante un golpe imaginario que ya no estaba allí.

El trauma se había instalado en sus reflejos, convirtiéndola en una criatura asustadiza que temía a su propia sombra y a los ruidos fuertes. Lloraba en silencio para no despertar a su abuela, mordiendo la almohada para ahogar los soyosos de desesperación absoluta. Pasaron dos semanas y el ramo de flores en la mesa ya era un esqueleto seco y triste. Pero María Fernanda seguía sin fuerzas para tirarlo o para salir al jardín. Se sentía como una prisionera en su propio cuerpo, atrapada en un ciclo de depresión que le quitaba las ganas de bañarse o de peinarse.

Su cabello, antes brillante y cuidado, estaba opaco y enredado, un reflejo externo del caos que reinaba en su interior destrozado. Se miraba las manos y no reconocía los dedos que habían portado el anillo. Sentía que pertenecían a otra persona, a una mujer que ya no existía. Un día, la abuela entró al cuarto y abrió las cortinas de golpe, dejando que la luz cruda de la mañana inundara la habitación y molestara los ojos de María. Ya estuvo bueno de luto, mi hija.

Llorarle a un vivo que no vale nada es desperdiciar las lágrimas, dijo con autoridad, sacando ropa limpia del armario. Hoy te vas a levantar, te vas a bañar y me vas a ayudar a desgranar el maíz, porque el trabajo cura las penas mejor que la cama. María intentó protestar, pero la mirada de su abuela no admitía réplicas, así que se levantó arrastrando los pies. Salir al patio fue un choque de realidad. El sol, el viento y el canto de los pájaros contrastaban violentamente con la oscuridad en la que había vivido encerrada.

Se sentó en un banco de madera bajo el gran árbol de Nogal y comenzó a trabajar con las mazorcas, sintiendo la textura rugosa en sus manos delicadas. El movimiento repetitivo y mecánico de sus dedos le dio un pequeño respiro a su mente, una pausa en el torbellino de pensamientos dolorosos. Por primera vez en días no pensó en Alejandro durante 5 minutos seguidos y eso fue una pequeña victoria invisible. Sin embargo, la paz era frágil. Esa misma tarde llegó un abogado desde la ciudad en un coche lujoso que desentonaba con el camino de tierra y piedras.

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