Cuando un multimillonario sorprendió a su ama de llaves bailando con su sordo...

En algún momento, quiso romper el silencio viscoso que le oprimía el pecho. Sacó un pequeño altavoz de su bolso —viejo, rayado, pero fiel— y abrió una lista de reproducción de música que una vez la había ayudado a superar sus propias dificultades.

La primera canción fue «Natural Woman» de Aretha Franklin. El sonido suave y profundo llenó la habitación, cálido, conmovedor, tan... vivo.

La música atravesó el silencio como un cuchillo atravesando la tela.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

III. Primer Movimiento

Primero, notó una sombra. Luego, dos pequeñas siluetas junto a la puerta de la cocina. Noah y Ethan permanecieron inmóviles, tensos, como animalitos que emergen de un fuego desconocido.

A Alia se le encogió el corazón. Quiso disculparse, apagar la música, pero algo la detuvo. Tal vez fue lo que vio en sus ojos. No miedo. No irritación. Más bien curiosidad.

La música fluía como calor después de un largo invierno.

Noah levantó la barbilla, frunciendo el ceño, como si intentara discernir el ritmo de las vibraciones del suelo. Ethan, nervioso, cambió de pie y luego, de repente, casi sin darse cuenta, volvió a pisar el azulejo.

Aliya contuvo la respiración.

Sabía que los niños no podían oír ni un solo sonido. Pero sintieron las vibraciones. La pulsación del ritmo. La vida de la música, incluso en silencio.

Y entonces hizo algo que no se había permitido en años: empezó a bailar.

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