Pero William no dio un solo paso al frente. No dijo ni una palabra. No intentó ocultar la tormenta que se desataba en su interior.
Simplemente miró.
Y su mirada lo contenía todo: miedo, culpa, amor, pérdida, esperanza. Una mezcla insoportable de emociones que había reprimido durante años.
Cuando finalmente dio un paso, los niños retrocedieron. Instintivamente. Como esperando un castigo.
Y entonces ocurrió algo que realmente conmocionó a William.
Noah, el que siempre guardaba silencio, el que evitaba cualquier contacto, hizo un pequeño gesto... el gesto que Alia le había mostrado hacía un momento.
Levantó las manos y describió un movimiento inseguro y tembloroso en el aire:
"Papá..."
William palideció.
Era un gesto. Lenguaje de señas.
Un gesto que los niños nunca usaban delante de él. Un gesto que nunca había intentado aprender con ellos. Un gesto que se había convertido en parte de su mundo, un mundo al que temía entrar.
Pero Alia entró. Sin miedo. Sin experiencia. Simplemente porque su corazón se lo dictaba.
Y fue en ese momento que se dio cuenta: una desconocida había hecho lo que él no pudo: ella había construido un puente hacia sus propios hijos.
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